¿Cómo es posible que un texto escrito hace más de 1500 años siga inspirando la vida de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo? La Regla que seguimos fue escrita en el centro de Italia por San Benito en la primera mitad del siglo VI.

Benito fue un joven noble nacido en Nursia (Italia) alrededor del año 480. Abandonó rápidamente los estudios de letras que había comenzando en Roma en pos de una vida solitaria. Como cada vez sus discípulos eran más numerosos, fundó en primer lugar el monasterio de Subiaco y después el de Montecasino, donde murió en el año 547.
Además de la forma concreta en que se organiza la vida de los monjes, la Regla describe las virtudes monásticas, que son la obediencia, la humildad y el espíritu de silencio. Por otra parte, regula con detalle la liturgia monástica, a la que san Benito denomina Opus Dei, la obra de Dios, y que constituye el núcleo de la vida del monje. San Benito advierte al Abad que él es responsable de la obediencia de sus discípulos. Debe hacer, por tanto, todo lo que esté en su mano para conducir a sus discípulos a la santidad y hacerse « querer más que temer » (cap. 64).
Al final de esta regla, san Benito hace hincapié en la caridad que debe unir a los hermanos:no deben condenarse unos a otros sino obedecerse unos a otros. Cada uno debe buscar cómo honrar a sus hermanos, dando más prioridad a los intereses de ellos que a los suyos propios (cap. 72). Pero la Regla no es un fin en sí mismo. El propio San Benito dijo que no era más que un « esbozo de una regla » (cap 73). Sirve para encaminar al monje, para abrirle horizontes infinitos de doctrina y de virtud. Aquél que la practique alcanzará, con la ayuda de Dios, la patria celestial hacia la que se dirige.
La humanidad, el espíritu de discernimiento y la discreción que impregnan estas páginas siguen siendo hoy cualidades que debemos cultivar para que el Reino de Dios crezca en nosotros. Por eso, tal y como pide san Benito (cap. 66), leamos cada día un pasaje de esta regla, para que siga transmitiendo a nuestra vida ese espíritu que ha hecho florecer a tantas generaciones de monjes y monjas.
