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EDITIONS DE SOLESMES

Canto gregoriano

«Quien ama, canta», decía san Agustín en uno de sus sermones. La alabanza a Dios toma naturalmente el camino del canto. Se expresa así a través de todo lo que somos, tanto el cuerpo como el alma. Desde hace más de mil años, la Iglesia romana ha dado a su alabanza la forma del canto gregoriano, hasta el punto de que se ha convertido en su canto propio. Compuesto principalmente a partir de versículos de la Biblia en su versión latina, es como un comentario artístico y musical de la misma. Lejos de ser un vestigio del pasado, el canto gregoriano es la expresión, aún viva, de nuestra oración.

Antiphonaire de Grégoire de Hartker de Saint-Gall
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Breve historia del canto gregoriano

El canto gregoriano es el canto propio de la liturgia de la Iglesia Católica romana. Heredado de una antiquísima tradición, este repertorio musical, llamado tesoro de inestimable valor por el Concilio Vaticano II, se compone principalmente a partir de versículos de la Biblia en latín.

La historia del canto gregoriano es compleja: su origen y su desarrollo temprano se desconocen casi por completo. Aunque la elaboración del canto gregoriano recibió muchas inflencias de la música judía y griega (especialmente en lo que concierne a la modalidad), el gregoriano es principalmente latino.

Los orígenes

En Occidente, alrededor de los siglos III y IV, sobre la base de recitativos de las primeras liturgias cristianas, se constituye una «antigua colección» de cantos eclesiásticos con melodías bastante simples. Varias regiones desarrollan un repertorio local: los cantos romanos, beneventanos (sur de Italia), milaneses o ambrosianos (norte de Italia), hispánicos y galicanos (en la Galia). Desde el siglo V al VII, los Papas, notablemente León el Magno, Gelasio y Gregorio Magno (a quien el canto gregoriano debe su nombre) contribuyen a la organización del repertorio a lo largo del año litúrgico.

A mediados del siglo VIII, el reino franco de Pipino el Breve adopta la liturgia romana. Los cantores romanos cruzan los Alpes y la transmisión es oral, puesto que los manuscritos litúrgicos contienen los textos de los cantos pero no su melodía. En el norte de la Galia aparece un nuevo repertorio, afortunada fusión del canto romano y galicano. Con Carlomagno, y gracias al rol decisivo de los monasterios que lo difunden por toda la Cristiandad de Occidente, lo que se conocía ya como «canto gregoriano» alcanza unas cotas formidables. Durante el siglo X, el repertorio aumenta día tras día y se copia en manuscritos con distintas notaciones musicales. La lenta introducción del pentagrama en el siglo XI permite una transmisión más precisa de las melodías.

Declive

Al final de la Edad Media, con la aparición de la polifonía, que deforma la frase, la melodía y sobre todo el ritmo, el canto gregoriano entra en una etapa de declive progresivo. Tras ser descartado por el Renacimiento y el Protestantismo, se hicieron muchos intentos para restituir el canto gregoriano en base a la música moderna de principios del siglo XVII. Desfigurado y desnaturalizado, pierde su pureza y su potencia expresiva al servicio de la plegaria de la Iglesia.

Restauración

Fue Dom Guéranger (1805-1875, ver busto en el lateral) quien tomo la iniciativa de restaurar el canto gregoriano a través de los manuscritos. La intención de sus investigaciones y reconstrucciones era editar libros litúrgicos. Este gran trabajo, que la Iglesia encargó a Solesmes tras León XIII, se realizó poco a poco en el taller de paleografía musical de Solesmes, que sigue en activo hoy en día para que, como deseaba el Papa Pío X (1903-1914) todo el mundo pueda rezar ayudado por la belleza.

Formas musicales

El canto gregoriano no es un objeto principal de estudios científicos e históricos. Aunque dichos estudios serían importantes y necesarios, convertir el canto gregoriano en un monumento al pasado podría dañar la Tradición Viviente de la Iglesia. En efecto, el canto gregoriano tiene, por su propia naturaleza, un lugar central en la liturgia, en la plegaria conjunta del pueblo de Dios. El repertorio gregoriano se encuentra en los libros litúrgicos que la Iglesia nos da en la actualidad. Estos libros son el Gradual para las piezas de la Misa y el Antifonario para la totalidad del Oficio Divino.

Los cantos de la Misa

El Gradual, libro que contiene las piezas gregorianas cantadas durante la misa, se compone de tres grandes partes: el Propio, el Común y el Ordinario.

En el «propre» se recogen los cantos de cada domingo del año litúrgico (Adviento, Cuaresma, tiempo pascual, tiempo ordinario…), de las fiestas del Señor y de los santos. Estos cantos, ornamentados y elaborados, se entonan en distintos momentos durante la celebración de la misa. El introito [véase más abajo, ejemplo 1] sirve como canto de entrada a la celebración. El salmo gradual [2] y el aleluya [3] se intercalan entre las lecturas bíblicas que se proclaman en la iglesia. El canto de ofrenda [4] acompaña la preparación de las ofrendas, el pan y el vino que serán consagrados durante la oración eucarística (canon), y el canto de comunión [5], como su nombre indica, la distribución de la comunión a los fieles reunidos en la iglesia. En algunas ocasiones especiales, pueden añadirse otras formas, como el «trait» [6] durante la Cuaresma o las famosas secuencias que aportan todo su esplendor a ciertas fiestas del año litúrgico (Victimæ paschali laudes [7], Veni Sancte Spiritus, Lauda Sion, Stabat Mater).

El Común reúne las piezas que se cantan en las fiestas de los santos que no son piezas propias.

Además de los cantos del propio y del común, la celebración de la misa incluye cantos que marcan sus diferentes momentos y cuyo texto es fijo. Se cantan independientemente del día o de la festividad. A esto es a lo que se denomina el ordinario de la misa. Estos cantos son el Kyrie [8], el Gloria [9], el Credo [10], el Sanctus [11] y el Agnus Dei [12].

A continuación se ofrecen algunos ejemplos que ilustran las diferentes formas musicales de las que acabamos de hablar:

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