Cuenta la tradición que, a su regreso de la Primera Cruzada, un tal Raoul (o Rodolfo), de la familia de los señores de Sablé, donó a nuestro monasterio —fundado por su antepasado Geoffroy— una espina de la corona que coronaba la cabeza de Cristo en el momento de su pasión. Esta reliquia, la Santa Espina, fue conservada con esmero por los monjes a lo largo de los siglos y se estableció la costumbre de venerarla el lunes de Pascua.